Eran una pareja de Gran Daneses más altos que yo cuando tenía 7 años. Imagino que fue entonces cuando comencé a fijarme en la belleza de estos perros altos, esbeltos, tranquilos. No solo son de andar pausado, sino de ánimo sosegado. Viven la vida como en cámara lenta. Quizás porque sepan que pueden resolver cualquier emergencia con su talla y peso, porque si se tercia correr con dos zancadas estarán lejos del peligro.
Pertenecían a mi tía, Luz, Lucita, casada con un hombre adinerado y enamorado. Vivían en una casa grande, blanca, en medio de un jardín sin ninguna gracia que se extendía por todas partes. Una pradera artificial, artificial en hechura, plana como una baldosa, pero de césped natural, orlada de árboles raquíticos con lo que no se podía ni volar un cachirulo (en Guatemala, barrilete). Lo mejor del jardín eran Sansón y Dalila. Los veías pasear, o tumbarse juntos a la sombra de algún árbol, haciéndose confidencias. Siempre juntos, siempre solos. Algo como los cisnes que a veces vemos en los estanques de los parques… distantes, elegantes, bellísimos.
Los habían traído del extranjero – lo que hace 60 años era una verdadera extravagancia, en primer lugar porque el extranjero era más lejos y más extraño, porque las razas de perros se apreciaban menos. Entonces pensé que serían daneses de Dinamarca, pero seguramente eran daneses criados en Estados Unidos o México. Pero tampoco pongo por imposible que fueran daneses de Dinamarca. Lucita era así.
Para ella eran más un complemento a su casa. Si hubieran sido autómatas, le hubieran gustado más. Les salvaba ser dos, estar juntos. Uno hubiera muerto de tristeza.
Lo que más recuerdo era su sentido del humor. Recuerdo ver a Sansón salir a recibir a su dueña acercándose con un trote lento y cadencioso que se comía los metros, detenerse a treinta centímetros ante los gritos de “SANSÓN! NO, PARA!” que chillaba sin cesar mientras buscaba una pared. Sansón se erguía con un movimiento fluido y sin esfuerzo, apoyaba las patas delanteras en los hombros de Lucita, quien si no había encontrado una pared que la respaldase, caía al suelo a recibir los lambetezos de su mascota.
A Dalila le gustaban los sombreros. Por aquel entonces las señoras cuando salían “vestidas”, fuera a misa, a un almuerzo, o una merienda, se tocaban con sombreros. Casi siempre eran bastante discretos, aunque fuera por pura comodidad, pero siempre recuerdo ver a Lucita con una pamelas grandes, negras, con flores o velos. Era una mujer hermosa, alta y de cuerpo bonito. Podía lucir sombreros espectaculares y le encantaba, por encima de todo, destacar y llamar la atención. Pues bien, a Dalila nada le gustaba más que ver salir a su ama con sombrero para acercárselo por detrás, o de costado, dar un pequeño salto, casi más un ponerse de puntillas, y ladearle el sombrero. Nunca vi que se lo quitara, entonces los sombreros iban bien sujetos con alfileres al pelo. Pero el grito de sorpresa, susto y disgusto no faltaba jamás. Ni tampoco las maldiciones que le caían a la perra.
Dalila se retiraba, toda digna a reunirse con Sansón y comentarle su travesura.
Siempre me parecieron los habitantes más “humanos” de esa casa.