Archive for the ‘Los amigos del parque’ Category

SANSON Y DALILA

Friday, April 23rd, 2010

Eran una pareja de Gran Daneses más altos que yo cuando tenía 7 años. Imagino que fue entonces cuando comencé a fijarme en la belleza de estos perros altos, esbeltos, tranquilos. No solo son de andar pausado, sino de ánimo sosegado. Viven la vida como en cámara lenta. Quizás porque sepan que pueden resolver cualquier emergencia con su talla y peso, porque si se tercia correr con dos zancadas estarán lejos del peligro.

Pertenecían a mi tía, Luz, Lucita, casada con un hombre adinerado y enamorado. Vivían en una casa grande, blanca, en medio de un jardín sin ninguna gracia que se extendía por todas partes. Una pradera artificial, artificial en hechura, plana como una baldosa, pero de césped natural, orlada de árboles raquíticos con lo que no se podía ni volar un cachirulo (en Guatemala, barrilete). Lo mejor del jardín eran Sansón y Dalila. Los veías pasear, o tumbarse juntos a la sombra de algún árbol, haciéndose confidencias. Siempre juntos, siempre solos. Algo como los cisnes que a veces vemos en los estanques de los parques… distantes, elegantes, bellísimos.

Los habían traído del extranjero – lo que hace 60 años era una verdadera extravagancia, en primer lugar porque el extranjero era más lejos y más extraño, porque las razas de perros se apreciaban menos. Entonces pensé que serían daneses de Dinamarca, pero seguramente eran daneses criados en Estados Unidos o México. Pero tampoco pongo por imposible que fueran daneses de Dinamarca. Lucita era así.

Para ella eran más un complemento a su casa. Si hubieran sido autómatas, le hubieran gustado más. Les salvaba ser dos, estar juntos. Uno hubiera muerto de tristeza.

Lo que más recuerdo era su sentido del humor. Recuerdo ver a Sansón salir a recibir a su dueña acercándose con un trote lento y cadencioso que se comía los metros, detenerse a treinta centímetros ante los gritos de “SANSÓN! NO, PARA!” que chillaba sin cesar mientras buscaba una pared. Sansón se erguía con un movimiento fluido y sin esfuerzo, apoyaba las patas delanteras en los hombros de Lucita, quien si no había encontrado una pared que la respaldase, caía al suelo a recibir los lambetezos de su mascota.

A Dalila le gustaban los sombreros. Por aquel entonces las señoras cuando salían “vestidas”, fuera a misa, a un almuerzo, o una merienda, se tocaban con sombreros. Casi siempre eran bastante discretos, aunque fuera por pura comodidad, pero siempre recuerdo ver a Lucita con una pamelas grandes, negras, con flores o velos. Era una mujer hermosa, alta y de cuerpo bonito. Podía lucir sombreros espectaculares y le encantaba, por encima de todo, destacar y llamar la atención. Pues bien, a Dalila nada le gustaba más que ver salir a su ama con sombrero para acercárselo por detrás, o de costado, dar un pequeño salto, casi más un ponerse de puntillas, y ladearle el sombrero. Nunca vi que se lo quitara, entonces los sombreros iban bien sujetos con alfileres al pelo. Pero el grito de sorpresa, susto y disgusto no faltaba jamás. Ni tampoco las maldiciones que le caían a la perra.

Dalila se retiraba, toda digna a reunirse con Sansón y comentarle su travesura.

Siempre me parecieron los habitantes más “humanos” de esa casa.

LUNA

Tuesday, April 20th, 2010

Luna murió este fin de semana. Tenía doce años. Estaba demasiado gruesa, hacía muy poco ejercicio, tomaba pastillas para el corazón, y últimamente para un edema pulmonar. Sin embargo, todo esto lo había ido asumiendo y parecía que iba a vivir más tiempo. Un perro pequeño puede muy bien vivir quince, diecisiete años. Lo que no pudo asumir fue la muerte de su amo hace seis semanas.

Su dueña, tiene nombre de princesa de cuento de hadas. Es una mujer que tiene unas facciones regulares y agradables. Tiene unos ojos vivos e inteligentes y una sonrisa fácil. Además, es su gesto habitual de generosidad y ternura lo que la hacen verdaderamente bella aunque probablemente no haya sido considerada una joven “bonita”. La edad ha ido acortando su paso, ralentizando su ritmo, haciendo su figura más llena y dándole arrugas de vida … sosegada, ordenada, curiosa, alerta y alegre.

Cuando murió su amo, Luna no quiso volver a la salita. El cojín a los pies del sillón quedó desierto. Luna pasaba de puntillas por la puerta, miraba, y seguía a la cocina. No salía de la cocina. No quería salir a la calle, y como la casa de Nubelinda es la típica de pueblo, con corral abierto, terminó por no salir. Terminó por no sacarla: “cómo voy a sacarla si la tengo que arrastrar, literalmente, porque rehusa caminar?

El veterinario dijo que se había dejado morir. La tristeza, la nostalgia, la ausencia de su amo, no le dejaron seguir viviendo.

Viuda de seis semanas, Nube ahora está desconsolada. No es que llore más la pérdida de la perra que la de Vicente. Es que llueve sobre mojado, es que la soledad es aún mayor.

LA NEGRA

Saturday, April 3rd, 2010

La Negra era uno de los perros de mi padre. Pastor belga, negra como la noche. Era ya adulta y muy agresiva cuando se enamoró de mi padre, y él de ella. Él que jamás quiso tener perros de guardia que fueran fieros porque decía que un día podrían causar una desgracia, adoptó ese perro grande, poderoso y tan fiero que lo iban a sacrificar.

Lo llamó un veterinario amigo para preguntarle si en Carpaluna, el terreno a orillas del lago Amatitlán, él pudiera tener un sitio para un perro que estaba destinado a ser sacrificado porque era muy agresivo, tanto que nadie podía acercarse a él. El veterinario suponía que había sido maltratado, aunque no tuviera cicatrices visibles.

Papá contaba que cuando llegó al día siguiente vio al animal en una jaula demasiado pequeña para su tamaño y no le extrañó nada que estuviera agresivo. Decía que después de hablar con su amigo el veterinario para saber algo más de la perra, le había pedido una silla y que le dejara a solas con ella.

Comenzó a hablarle, a llamarle Negra, a decirle que era una perra preciosa, a preguntarle qué le pasaba, qué le habían hecho, cómo era que ahora, aun joven pero ya adulta quisieran sacrificarla. Se sentó, no muy cerca para no molestar. Poco a poco, mientras seguía preguntándole cosas y sugiriendo respuestas, iba moviéndose hacia la jaula, trasladando la silla, y sentándose hasta que la perra aceptara la nueva proximidad..

Cuando volvió el veterinario a ver cómo se las estaba arreglando encontró a Papá sentado junto a la jaula, hablando con la perra con la mano apoyada en los barrotes, y la perra tranquila y contenta. Papá le pidió que abriera la jaula, asegurándole que él se haría responsable de cualquier percance. El veterinario contaba luego que se había limitado a darle las llaves de la jaula.

Al cabo de una hora, Papá salió diciendo que se la llevaba, que la llamaría Negra, pero antes quería asegurarse de que estaba bien de salud y que fuera vacunada. Tuvo que estar él al lado para que el veterinario se atreviera a examinarla y a vacunarla… y así fue hasta que murió.

Fue un gran perro guardián. Fiero, ágil, alerta… surgía de la noche, en silencio, con los dientes descubiertos y daba miedo, mucho miedo. Pero lo mejor era la fama – eso de hazte fama y échate a dormir – se decía que era el “cadejo” una especie de perro infernal que vaga buscando almas de qué alimentarse. Probablemente esa leyenda guardó más la viña que el perro físico y mortal.

Mis padres iban a la casa del lago los fines de semana. Esas 48 horas la Negra las pasaba con Papá, y como siempre sucede cuando el amor es sincero, ese sentimiento era recíproco.

BRAVO

Monday, March 22nd, 2010

No hay nombre mejor para un perro: bravo, expresión de admiración; descripción de carácter; valor; valentía. Ese perro no podría haber tenido mejor nombre.

Era el perro de Don Eugenio. Un viejo labrador-retriever muy especial, tanto como su dueño. Bravo tenía la frente ancha, los ojos profundos, separados, color de miel, y una nariz generosa. Se movía con parsimonia más que con lentitud. Economía de movimientos, probablemente forzada por la edad, pero con elegancia.

Bravo no seguía a su amo. Más bien, sabía estar donde él se encontraba, pero casi como acto de magia, sin que nadie se diera cuenta de que se desplazaba. Era fácil no reparar en el perro y sus movimientos porque la conversación con Don Eugenio requería de atención. Era ocurrente, divertida y nada lineal. De pronto, cuando bajabas la vista, Bravo ya estaba allí, como si hubiera sabido a dónde iba su amo desde el principio y se hubiera dirigido allí por su cuenta. Como si fuera un cuerpo astral, en conexión con otro espíritu afín, que se desplazaba.

Sería bonito saber de qué hablaba con su amo, o quién escuchaba.

Ambos nos han dejado ya. Yo sigo viéndolos juntos, yendo cada uno por su cuenta, pero juntos, entre nubes y estrellas.

EL YORKSHIRE QUE ATACÓ

Saturday, March 20th, 2010

Íbamos al kiosko por el periódico una mañana y veíamos en la acera de enfrente como un señor salía del kiosko leyendo el periódico, sin poner atención para nada al mundo que le rodeaba. Caminaba despacio, absorto en su lectura.

Por la misma acera, en dirección contraria, y con rumbo de colisión, iba una chiquilla aún adolescente con un cachorro de yorkshire, marrón y negro, minúsculo, correteando dos metros por delante de su dueña.

Se encontraron, el señor lector y el yorkshire bravucón. En realidad, se encontró el yorkshire con el zapato del lector, y atacó: se subió por el zapato y landrando un amenazante Yip yip yip!, asía la pernera del pantalón sobre el zapato sacudiendo la cabeza, buscando romperle el espinazo, como han matado desde tiempos ancestrales los perros a los gatos y a las liebres.

El señor lector casi se cae. La chica intentaba, sin éxito, tranquilizarlo, explicando que su perro no era peligroso. Creo que no lograba hacerse entender porque dado el tamaño del cachorro, el que corría peligro era la fiera beligerante. No creo que el señor lector haya sentido miedo ante el ataque.

Cuando logró deshacer la doble vuelta de correa del yorkshire al rededor de las piernas del lector, y desentrañar qué había sucedido, el agredido acarició al culpable, y con mucho tacto no se rió, ni del agresor ni de los apuros de su dueña.

Luego explicaba la víctima del feroz ataque: Yo no sabía qué sucedía. Sentía que me daba vueltas la correa, sentía el peso en el zapato y el zarandeo de la pernera del pantalón, pero entre el periódico que llevaba y el tamaño del agresor, no llegaba a ver qué era ni qué pretendía. Nunca pensé que ese yorkshire que no pesará ni un kilo pudiera concebir la idea de atacarme.

Eso viene a probar que el tamaño está en la mente, que uno es grande si así se siente, y el “mata-siete” no es verdad solo en los cuentos de hadas.

EL CHOW-CHOW QUE FUE DE VISITA Y VOLVIÓ GANADOR

Monday, March 8th, 2010

Era un cachorro precioso. Un cachorro crecido, de unos 8 meses. Había ido con su ama a ver un concurso, para pasar la tarde, en plan mirón.

Ahora hay más Chows por el mundo, entonces era bastante exótico… y su ama, francesa, alta, distinguida no era exótica pero llamaba la atención.

Se habían sentado en tierra, en el césped, a ver el desfile cuando se les acercó, en la mejor tradición del descubrimiento de una estrella en Hollywood, una de las autoridades del concurso a decirles que ese no era el sitio de los concursantes. Quedó atónito al saber que no habían inscrito al perro como concursante, se ocupó él mismo de buscar los papeles, ayudar a rellenarlos, presentarlos, y hacer que se trasladaran al “box” de participantes.

Contaba la dueña que había sido una jornada de lo más extraña, en la que tuvo que compartir su sandwich con el pobre Chow convertido en aprendiz de estrella, y compartir también su botella de agua. Me gustaba como describía cómo los dueños acicalaban a sus perros, persiguiendo rizos inoportunos, recortando mechones rebeldes, cepillando con acondicionadores para que brillaran más.. y como ella, que había ido sin un mal peine ni cepillo, se entretenía viendo el “behind the scene” pero sin participar.

Gran sorpresa y alegría, el Chow – Ian – se llamaba en honor a un irlandés, fue proclamado mejor de su raza (eso era fácil, solo había dos más y ya no tenían la lozanía de juventud), y el mejor del concurso.

Su ama nunca más volvió por los concursos. Decía que haber llegado y salido con dos copas era suficiente para una vida. Que no tentaría más la suerte… ni el aburrimiento de la espera entre pase y pase, y a la espera de las puntuaciones.

De todas formas, pasaron los organizadores rondándole, invitándola al participar en otros concursos. Ella nunca accedió, e Ian se retiró después de un gran comienzo. Nada menos que el mejor del concurso!

EL BRAD PITT DEL BARRIO

Sunday, February 28th, 2010

El Brad Pitt del barrio es un Labrador negro de unos ocho meses. Ya querría Brad Pitt ser el Pipo de su barrio.

El animal es precioso, alegre, juguetón que pasea con los ufanos miembros de su familia humana. Bueno, la familia dice que sacan a Pipo a pasear, pero todos saben que es Pipo quien saca, por turnos, a toda la familia. Los saca por turnos para que le duren más los paseos – y también para que le dure más la familia. Un labrador es capaz de llevar a la extenuación a cualquiera.

El peligro está en su energía. En un arranque de alegría podría dislocarte el codo, o el hombro según cómo lleves la correa. Si te salta encima para saludar puede dejarte sentada en la acera, muy agradecida de disfrutar de su cariño pero también deseando un poco más de comedimiento. Ay! La juventud, con toda su vitalidad, la inconsciencia, la espontaneidad y alegría, dicen, es una enfermedad que se cura con el tiempo.

Hace dos días lo vi esperando pacientemente a su amo a la puerta del horno. Cuando le saludé, saltó y vino hacia mi, lo que hizo salir a la carrera a su amo gritándole a Pipo que se estuviera quieto y a mi para que no me asustara de que un rayo negro y brillante se me viniera encima. El dueño no tuvo tiempo para reconocerme y temió que yo me sintiera atacada.

Había sido yo la imprudente de saludar a un perro que obviamente cumplía órdenes de su amo y lo esperaba a la puerta del horno. Pobre Pipo! Tendrá que aprender a ser prudente para compensar las imprudencias de la gente.

EL PERRO DE CAZA QUE HEREDÓ UNA VENDETTA

Saturday, February 20th, 2010

A doscientos metros de casa vive un perro de caza que ha heredado el rol de íntimo enemigo, de enemigo del alma. Ninguno, ni Karma ni Rolf – los dos perros – ni sus dueños saben por qué son enemigos.

Es más, Rolf es el segundo perro de ese nombre en esa cas. El anterior murió atropellado. Fue con este primer Rolf que se inició la desavenencia, sin que ninguno de los dueños hayan logrado desentrañar el por qué.

Los dos Rolf jamás coincidieron. El joven llegó a la casa cuando el otro había muerto. Los dos Rolf podrían ser un mismo animal. Son de la misma raza de caza, del mismo color canela y blanco, con las mismas manchas – las orejas marrones, el cuerpo blanco a motitas canela. Karma podía haber confundido al nuevo Rolf con su antiguo enemigo el alma, y así conseguir que siguiera la enemistad.

Habría instrucciones para el joven Rolf en su casa? Qué habrá dejado dicho el viejo Rolf para que el nuevo enarbole la misma bandera? Lo cierto es que es una enemistad heredada. Será como las vendettas sicilianas, o será la guerra de los cien años entre un perro de caza inglés y el otro un pseudo caniche?

EL DANÉS CAMPEÓN DE ESPAÑA

Thursday, February 11th, 2010

Pocos perros son tan lindos como ese danés. alto, como un burro pequeño – lo que no es de extrañar, pues en Dinamarca, eran los perros los animales de tiro que llevaban los carritos cargados de cántaros de leche. Con una capa de gris terciopelo caminando lenta y ceremoniosamene al lado de su dueño.

Su dueño, ufano, cuenta que es el Campeón de España, que están descansando, pues llevan una temporada primavera-verano muy ajetreada. Han vuelto de Vigo y la semana próxima van a Zaragoza, de concurso en concurso, como las Mises. No se pueden perder muchas oportunidades porque todo puntúa, y uno no siempre está en su mejor momento. Se lamentaba el dueño de una ocasión que llegó el perro mareado a Barcelona, y claro, no tenía el mismo brío, y puntuó muy bajo.

El perro estaba feliz. Paseaba casi sin mirar por las retamas recién florecidas. El dueño contó que entre lo mucho que tienen que aprender los perros de concurso está el no distraerse, no dispersarse, mantenerse concentrado en su caminar, en el ángulo del cuello necesario para mejor lucir su cabeza. Permitir a los jueces verlo, mirarlo, tocarlo, sin rechistar.

No se sabe quien de los dos, amo o perro, está más concentrado en la carrera, ni quien más orgulloso. Hacen una buena pareja. Son socios en una empresa que de momento les lleva de éxito en éxito.

EL SAMOYED DE LA MISMA CALLE

Tuesday, February 9th, 2010

Hay un samoyed que vive la misma calle, en la misma acera. En los meses de invierno se le nota contento; en verano se ahoga. Claro, como todos… pero él más porque tiene mejor abrigo. Se llama Jacko.

Jacko es un perro con todas las características de su raza. Pelo largo y blanco para mimetizarse en la nieve. Patas largas y poderosas que permiten tirar de trineos, arrastrando peso grandes distancias. Solo en la cara tiene pelo corto, tupido y blanco, pero corto. Tiene los ojos pequeños, como almendras negras, como azabaches, mirando muy al frente y un hocico elegante, alargado sin exagerar, que termina en una nariz muy negra. La cabeza es ancha, exagerada aún más por la orla de pelo largo que le enmarca la cara. Las orejas punteagudas colocadas en lo alto de su cabeza le dan una apariencia de estar siempre alerta.

Karma lo considera el enemigo. No le parece correcto que viva en su misma calle, dos portales a la izquierda. Intolerable! Desgraciadamente, Jacko no parece entender que esta calle es de Karma. Piensa que también es la suya. Los dos se han enrocado en sus posturas y ninguno se baja del burro.

Karma protesta, gruñe, ladra, y hasta intenta agredir físicamente al intruso. El día que Epi y Blas explicaron lo de grande y pequeño en Barrio Sésamo, Karma estaba dormido. Poco le importa que como mucho podría morderle una pata y dejarse los dientes en esos huesos largos, gruesos y fuertes. El espeso pelaje blanco garantiza que jamás llegarían los dientes de Karma a la piel, no se diga el músculo de Jacko.

Jacko, por su cuenta, no admite las protestas, y lo que es peor, no se asusta ante sus embestidas y ladridos. Pasea con una tranquilidad irritante, y una mirada irritada que augura un buen mordisco si llega la oportunidad.

Han sido los dueños los que se han adaptado a la situación, cruzando la calle si es preciso para que no haya enfrentamientos potencialmente peligrosos, estando atentos a coger a los perros nada más ver al otro… en fin, haciendo gala de más sensatez – y buen humor – que sus mascotas.

Con la edad también se van templando los ánimos. Hasta para agredir se necesita energía.