Cuando entró como asesor en el Ministerio de Hacienda, nombrado por Rodolfo Bendfelt (el apellido lo sé, del nombre no estoy segura), mandó quitar las máquinas de fichar, y los empleados de su oficina se alegraron muchísimo. La alegría se les quedó un poco helada cuando comprobaron, al llegar a las 8 a la oficina, que Papi ya estaba allí, y que había re-situado su mesa de trabajo para que encarara la puerta, y desde allí pudiera ver toda la sala, y por tanto saber a qué hora llegaba cada uno.
Le gustaba trabajar con la puerta abierta, no para vigilar, como dijeron algunos, sino porque así él sentía que invitaba a los subalternos a llegar hasta él para preguntar o comentar cualquier cosa. La verdad es que incluso si nunca pensó en vigilar la sala, podía hacerlo con solo levantar la vista. El ojo del amo engorda el caballo, era uno de sus refranes favoritos. Lo ponía a buen uso.
Lo que creo que nunca supieron los subalternos es que cuando Papi estaba abstraído, concentrado en sus pensamientos, no veía ni oía lo que sucedía a su alrededor. Pero nunca se sabía cuando estaba en “trance” ni cuánto iba a durar. Bueno, no lo sabía nadie más que Mami, con solo mirarlo.
Recién llegado Papi al puesto de asesor legal del Ministerio, recibió el Ministro Bendfelt un requerimiento para presentarse ante el Congreso de los Diputados para una interpelación. En Guatemala, entonces, cuando el Congreso interpelaba a un Ministro, era casi un juicio sumarísimo. Tanto era así que los Ministros se presentaban con sus asesores o abogados. Era un trance temible porque era la ruina política estaba casi garantizada. Los diputados parecían disfrutar de la posibilidad de dar una paliza a quien tuvieran delante, prácticamente inerme. Pues, cuando Bendfelt pidió consejo a Papi para evitar ir al Congreso, Papi se negó a que se considerara no ir como opción viable. Le dijo que según la Constitución, el Congreso tenía el deber de controlar al poder ejecutivo y para cumplir con ese deber, el derecho a interpelar al Ministro. Era, según Papi, la obligación del Ministro acatar el requerimiento y someterse a la interpelación.
Se reunieron Bendfelt y Papi para estudiar lo que podría ser el tema de la interpelación, porque entonces era como las inspecciones de Hacienda. El reo no sabía de qué se le acusaba ni qué se inspeccionaba, y Papi quedó satisfecho de que podían salir indemnes.
Se presentaron, Bendfelt y Papi solos, sin más corte ni más apoyo, ante el Congreso, y después de las primeras escaramuzas, cuando el diputado cabecilla de la cacería comenzaba a desplegar sus armas, Papi se levantó, como asesor del Ministerio, hizo ver al Congreso que lo que se pretendía preguntar al Ministro pertenecía a una etapa anterior a su período como Ministro, y que por tanto, no eran competentes para llevar a cabo esa investigación, y que el Sr. Bendfelt se sometería a la ley ordinaria y a un juicio ordinario, pero no a una interpelación del Congreso. Con eso, él y Bendfelt, salieron ante los atónitos diputados. Salieron tan pronto que pillaron sesteando a los chicos de la prensa que esperaban en la puerta y no atinaron ni siquiera a acosarlos en su camino hacia el coche.
Al día siguiente la fiesta fue en los periódicos. Aplaudían la sangre fría de Bendfelt de presentarse, el acierto de Papi al pillarlos con el pie cambiado a los diputados, su elocuencia al hacer un discurso implacable e incontestable, y en general, la carnicería que se quería hacer de Bendfelt, se hizo del Congreso. Fueron a por lana y salieron trasquilados.
Del juicio ordinario a Bendfelt jamás hubo nada, porque en realidad era una tormenta en un vaso de agua, pero convenientemente agitado por adversarios políticos daba para muchos titulares.
Esa fue su primera actuación como asesor en el Ministerio, y comenzó a acrecentarse su fama de abogado implacable e imparable. Bendfelt jamás lo olvidó. Siempre lo trató con deferencia y cariño, y lo contaba a quien quisiera oírlo. Esto lo sé porque me lo contó, años después, el mismo Ministro.