EL SAMOYED DE LA MISMA CALLE

Hay un samoyed que vive la misma calle, en la misma acera. En los meses de invierno se le nota contento; en verano se ahoga. Claro, como todos… pero él más porque tiene mejor abrigo. Se llama Jacko.

Jacko es un perro con todas las características de su raza. Pelo largo y blanco para mimetizarse en la nieve. Patas largas y poderosas que permiten tirar de trineos, arrastrando peso grandes distancias. Solo en la cara tiene pelo corto, tupido y blanco, pero corto. Tiene los ojos pequeños, como almendras negras, como azabaches, mirando muy al frente y un hocico elegante, alargado sin exagerar, que termina en una nariz muy negra. La cabeza es ancha, exagerada aún más por la orla de pelo largo que le enmarca la cara. Las orejas punteagudas colocadas en lo alto de su cabeza le dan una apariencia de estar siempre alerta.

Karma lo considera el enemigo. No le parece correcto que viva en su misma calle, dos portales a la izquierda. Intolerable! Desgraciadamente, Jacko no parece entender que esta calle es de Karma. Piensa que también es la suya. Los dos se han enrocado en sus posturas y ninguno se baja del burro.

Karma protesta, gruñe, ladra, y hasta intenta agredir físicamente al intruso. El día que Epi y Blas explicaron lo de grande y pequeño en Barrio Sésamo, Karma estaba dormido. Poco le importa que como mucho podría morderle una pata y dejarse los dientes en esos huesos largos, gruesos y fuertes. El espeso pelaje blanco garantiza que jamás llegarían los dientes de Karma a la piel, no se diga el músculo de Jacko.

Jacko, por su cuenta, no admite las protestas, y lo que es peor, no se asusta ante sus embestidas y ladridos. Pasea con una tranquilidad irritante, y una mirada irritada que augura un buen mordisco si llega la oportunidad.

Han sido los dueños los que se han adaptado a la situación, cruzando la calle si es preciso para que no haya enfrentamientos potencialmente peligrosos, estando atentos a coger a los perros nada más ver al otro… en fin, haciendo gala de más sensatez – y buen humor – que sus mascotas.

Con la edad también se van templando los ánimos. Hasta para agredir se necesita energía.

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