Era un cachorro precioso. Un cachorro crecido, de unos 8 meses. Había ido con su ama a ver un concurso, para pasar la tarde, en plan mirón.
Ahora hay más Chows por el mundo, entonces era bastante exótico… y su ama, francesa, alta, distinguida no era exótica pero llamaba la atención.
Se habían sentado en tierra, en el césped, a ver el desfile cuando se les acercó, en la mejor tradición del descubrimiento de una estrella en Hollywood, una de las autoridades del concurso a decirles que ese no era el sitio de los concursantes. Quedó atónito al saber que no habían inscrito al perro como concursante, se ocupó él mismo de buscar los papeles, ayudar a rellenarlos, presentarlos, y hacer que se trasladaran al “box” de participantes.
Contaba la dueña que había sido una jornada de lo más extraña, en la que tuvo que compartir su sandwich con el pobre Chow convertido en aprendiz de estrella, y compartir también su botella de agua. Me gustaba como describía cómo los dueños acicalaban a sus perros, persiguiendo rizos inoportunos, recortando mechones rebeldes, cepillando con acondicionadores para que brillaran más.. y como ella, que había ido sin un mal peine ni cepillo, se entretenía viendo el “behind the scene” pero sin participar.
Gran sorpresa y alegría, el Chow – Ian – se llamaba en honor a un irlandés, fue proclamado mejor de su raza (eso era fácil, solo había dos más y ya no tenían la lozanía de juventud), y el mejor del concurso.
Su ama nunca más volvió por los concursos. Decía que haber llegado y salido con dos copas era suficiente para una vida. Que no tentaría más la suerte… ni el aburrimiento de la espera entre pase y pase, y a la espera de las puntuaciones.
De todas formas, pasaron los organizadores rondándole, invitándola al participar en otros concursos. Ella nunca accedió, e Ian se retiró después de un gran comienzo. Nada menos que el mejor del concurso!
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